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Independientemente de filias y fobias personales, hay momentos que una imagen, o parte de ella hace que algo resuene dentro como si lo conocieras de toda la vida. No son estos episodios de deslumbramiento ante una incontestable obra maestra, o el descubrimiento casual, que por casual o secreto tiene aún más sabor. No. Van un paso más allá y tocan una fibra que suele aprestarse a ser tocada. Porque hay un sentimiento de reconocimiento de uno en eso que esta percibiendo. Probablemente sobran los dedos de las manos para contar esas ocasiones, aunque la memoria no suele ser demasiado fiable en según que casos.

Hace poco más de un año LaVoz publicaba un artículo sobre Francisco Mantecón, artista y diseñador gráfico. En el se daba a conocer la presentación de la página web donde su viuda recogía su obra tanto pictórica como en su faceta de diseñador. La ilustración elegida para el artículo era interesante, desde luego no es lo que se podría esperar que utilizase como imagen una empresa conservera gallega. Y eso hizo que me picase la curiosidad. Navegando por la página soy perfectamente consciente que he visto muchos de sus diseños desde que soy pequeño, aún sin saber ni mostrar ningún interés por su autor. Pero el bang fueron algunos de sus cuadros. Cubiertas de libros, carteles y logos que ha estado presentes, no pudiendo decir que hayan sido una referencia, pero es evidente que forman parte de una cultura visual personal. Pero los trazos y composiciones de algunos cuadros me resultan tan próximos como si los hubiese hecho uno mismo.

 

Quedei a mirar os reflexos que facía o sol nas follas dunha árbore e os debuxos que a traverso delas ían aparecendo no chan